Comencé a interesarme en el Yoga allá por el 2010. Venía de una búsqueda interior de muchos años motivada en la necesidad de llenar un vacío. De chica hacía gimnasia deportiva, lo amaba. En muchas formas definió mi infancia, mi adolescencia y me convirtió en la mujer que soy hoy. Pero todo terminó a los 15 años cuando una acumulación de lesiones me obligó a abandonar la práctica a la que tanta pasión le había dedicado. Durante años busqué una actividad que pudiera reemplazar a la gimnasia, pero nada terminaba de llenarme lo suficiente como para despertar ese fuego que había sentido de chica.
En el 2010 con el estrés normal de una estudiante universitaria recibí una recomendación que me cambió la vida. Un profesional de la salud me sugirió que pruebe con practicar Yoga para reducir la ansiedad y mejorar mi calidad de vida. Y ahí mi búsqueda terminó.
De manera intermitente seguí practicando durante los años que siguieron y probando distintas prácticas hasta que me topé con el Ashtanga. Encontré en este estilo una conexión especial y desde entonces nunca más lo abandoné. Incluso en el 2015 tomé la decisión de hacerme vegetariana y fue uno de los cambios más profundos que he tenido en mi vida y todo impulsado por el Yoga.
En el 2016 con mi marido abandonamos nuestras cuadradas ‘carreras ingenieriles’ y decidimos dar el salto de renunciar a todo y emprender un viaje alrededor del mundo. Durante dos años recorrimos mas de 40 países pero fue en Asía donde me enamoré perdidamente de su gente y su humanidad. Eso hizo que conectara mucho más con mi práctica y principalmente la filosofía matriz que impulsa el Yoga.

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